Succession: Un Juego de Suma Cero

Succession, la serie de HBO, le da un énfasis particular al tras bambalinas en las vidas de los mega multimillonarios.

La imagen se repite en varios episodios: personajes terciarios que preparan sus comidas, sacan la basura, ordenan carpetas, alistan oficinas, revisan los detalles técnicos de la presentación ante un grupo de accionistas.

Como la serie gira en torno a los ricos, estas imágenes de una clase trabajadora parecen infiltrarse casi por accidente en el relato (el final de la primera temporada es bastante literal al respecto).

Lo mismo pasa con las protestas afuera de Waystar Royco, los tuits de odio y los oficinistas que se suicidan en sus cubículos.

Más que ser parte del paisaje, las personas a pie son mostradas como un error calculado, un anexo desechable, del mundo que presenta la serie.
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La estructura en Succession: los players, más que las clases


En este sentido, Succession se parece al clásico de principios del 2000 Master and Commander, película en la que la oposición entre clases sociales no estalla, sino que se representa como los cimientos de la sociedad de su época.

Así como en el film de Peter Weir nunca dejamos de oír el sonido del mar, en Succession los reclamos y vidas de las personas “normales” resuenan de manera permanente, como las mareas vertiginosas de un mundo que cambia demasiado rápido.

Más importante aún, tanto la serie de HBO como la película de 2003 tienen una estructura lúdica.
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Mientras que en Master and Commander dos barcos juegan al gato y al ratón, los personajes de Succession se enfrentan mediante sus habilidades diplomáticas-financieras para aumentar su influencia familiar (los hermanos Roy), su estatus social (el primo Greg, Tom) o su precio en la bolsa de valores (Logan, Stewy, Gerri).

Esta estructura de juego, de players enfrentados en una competencia, parece estar en el centro de la tercera temporada de la serie, lo cual significa un acierto, pero también conlleva debilidades.

La main quest y las misiones secundarias


Como en un videojuego donde se exploran diferentes mundos, la tercera temporada de Succession optó por tratar cada episodio como un nivel diferente con sus propias misiones específicas:

  • La elección de un candidato en el mundo político (3×06)
  • El apaciguamiento de un accionista importante en el mundo de su isla privada (3×04)
  • La batalla mediática en el mundo de la arena pública (3×03)
  • El cierre de un trato en el onírico mundo interior de una fiesta de cumpleaños (3×07)
Aunque esta diversidad episódica ya estaba más o menos presente en las temporadas anteriores, en este ciclo se vio reforzada por la competencia explícita entre Logan Roy y su hijo Kendall.

La carrera por el control de la compañía fue, justamente, el juego principal –la main quest– en el que se enfrascaron los protagonistas.

Así, los primeros capítulos de esta temporada pueden leerse como un duelo “uno versus uno” donde padre e hijo van sacándose ventaja en torno al objetivo principal de destruirse mutuamente.

Esto, al menos, hasta la mitad de la temporada. Luego comenzó a volverse redundante (capítulos 6 y 7), y luego se diluyó hacia otro conflicto que, en todo caso, de todas formas terminó con un “I fucking win” en boca de uno de los jugadores.
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La inmovilidad de la gran estructura


La clara división entre episodios, aunque funciona para sorprender semana a semana (y, en todo caso, para probar a los personajes en diferentes contextos), también le quita una sensación de unidad a la temporada.

Los guionistas de Succession son expertos en el área chica, son hábiles constructores de escenas individuales y de diálogos que cargan un one-liner tras otro, pero siguen titubeantes en la macro-estructura.

A pesar del supuesto gran cambio de paradigma que se avecinaba tras el final de la segunda temporada, en la tercera primó la comodidad de retomar un status-quo en el que el juego vuelve a reiniciarse.
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Probablemente cuando Succession termine, se nos revele de manera explícita que siempre se trató de eso, de la imposibilidad constante de ciertos jugadores de avanzar en el tablero y tener que contentarse con las migajas.

O, como lo sugiere la poco sutil escena de los personajes jugando Monopoly hacia el final de esta temporada, quizás la única posibilidad de ganar en este juego, de lograr tu propia pila de dinero, sea haciendo trampa.

El gran “pero”: la mirada


Se podrían escribir muchas cosas buenas sobre Succession (desde su humor filial que recuerda los mejores episodios de Arrested Development hasta su cuidada dirección de arte), pero, por lo mismo, también dan ganas de exigirle aún más.

La alta calidad de los actores y actrices puede seguir sosteniendo la serie por un par de temporadas. La historia, más allá de sus tropiezos estructurales, también. Pero algo le falta para hacerla despegar.

Ese algo, creo, es la dirección.A pesar de todos sus atributos positivos, el ojo de la cámara ha ido perdiendo importancia con el pasar de las temporadas.
En un principio la apuesta parecía lógica: una especie de cámara en mano, de movimientos bruscos y zoom-in torpes, casi voyeristas, algo sucios, que contrastaran con el universo prístino, en extremo lujoso, de la serie.

Tal vez el retraso producido por la pandemia haya influido, o tal vez la confianza en el puro guion les basta, pero en esta tercera temporada poco importa el tratamiento visual.

Si Succession planea seguir subiendo la apuesta para las temporadas que vienen, la tarea pendiente es clara: completar el juego sin entramparse con sus propias sus reglas.

Es decir, darle cohesión a esas piezas con las que intentan armar el puzzle. Retomar la mirada y sacudir la estructura, revolver el tablero sin tener miedo a lo que podría pasar.
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